Vidas
Nacieron en una ladera de las tierras altas, donde los vientos azotan inmisericordes los viejos roble y algunas hayas. Gélidos inviernos y sofocantes veranos endurecieron aquellos troncos durante décadas para finalmente sentir los rítmicos golpes de dos leñadores y sus hachas percutiendo de forma alternada; uno en cada lado del generoso tronco. Y las embadurnaron de esa creosota, repugnante viscosidad, hija del alquitrán.
Y fueron perfectamente dispuestas sobre una cama de balastro, y sobre sus cuerpos hundieron largos clavos que sujetaron los caminos de hierro que tuvieron que soportar. Durante más de medio siglo, el vapor y el hollín, de nuevo el viento, la lluvia y el sol, las convirtieron en elementos duros como la piedra, al tiempo que las convertían en algo sucio y tóxico. Las llamaron traviesas sin ser juguetonas y otros, prefirieron llamarlas durmientes, quizás por su inmovilidad.
Y pasaron los años, y los lustros, y las décadas, hasta que llegó un momento en que fueron arrancadas de su lecho de piedras y olvidadas en un campo frío, más allá de la estación. Algunas incluso permanecieron enterradas entre otros despojos y cubiertas por la misma tierra.
Finalmente, llegó un día de gloria y resurrección; quizás debería llamarlo día de su reencarnación… Alguien raspó su piel y las sometió a un proceso de limpieza. Ahora tienen una nueva vida: Cubren y decoran un muro en un parque público escuchando las risas de los niños. Es su nueva vida, muy lejos ya de aquellas laderas, en las tierras altas.

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